miércoles, 27 de marzo de 2013

La verdadera humildad


Recuerdo impotente las palabras de mi nana: "no deje que se aprovechen de usted,  que ellos no le tendrán lástima después", sabía a qué se refería, y en el contexto en el que me lo decía me parecía que exageraba.

La gente no está preparada para vivir con alguien como nosotros (hablo en plural para aquel que se vaya a sentir identificado con lo que digo), porque en vez de enriquecerse con nuestra generosidad, se la devoran y de paso nos tragan a nosotros, solo para engordarse y sacarnos como mierda cuando ya no les servimos.

Lo que sucede es que cuando solo bajas la cabeza, en teoría muestras humildad, y eso se supone, le aumenta la vergüenza al otro enseñándole la maldad de su acto; pero en la realidad cuando bajas la cabeza, tomas una posición sumisa, lo que le hace creer al otro que puede pasar encima de ti sin sentirse mal al respecto; y así, eventualmente, te conviertes en la alfombra que se ensucia a cambio de los pies de quien deliberadamente ha decidido pisar el lodo. Pronto terminas descubriendo que a pesar de tu sacrificio, aquellos que te pisotean no han entendido ni en un céntimo el mensaje, y peor aún durante todo ese tiempo solo han aprendido una cosa de ti, que estás debajo y que tu deber es quedarte callado y ceder, como siempre.

Lo malo no acaba aquí, lo peor se viene cuando, harto de tanta porquería, decides alzar tu voz, para entonces, con la concentración de narcisismo ya rebasando la línea tóxica, el gran pisador, se alza y hace resonar sus gritos con mucha mayor fuerza, aplastando tu autoestima que ya de por sí era “humilde” (que a mi parecer es una palabra tonta con la que enmascarar la correcta, DÉBIL) demostrándose a sí mismo, que está por arriba de ti.

Pensamos que esto nos hace santos y mártires, enriqueciendo y embelleciendo nuestra alma; cuando lo que en realidad sucede es que nos debilita la PSIQUE, empobreciendo y horrorizando más nuestra autoestima.

La humildad no santifica, humilla.

Nos estamos idolatrando, queriéndonos comportar como Dios lo hace, para enseñar a vivir como Dios lo hace, eso es lo que en realidad la frase “jugar a ser Dios” significa.

Pero la realidad, es que somos humanos, y como tales tenemos aquellos residuos animales que al reprimirlos nos hace infelices. Si en realidad fuéramos semejantes a Dios, no nos destrozara ver como el otro nos denigra, si en realidad fuéramos semejantes a Dios encontraríamos la sabiduría del silencio. Pero no es así. Nos revelamos ante la injusticia, ante la discriminación y en el silencio solo encontramos las voces muertas de aquellos que no fueron lo suficientemente fuertes para hablar.

  No somos humildes, no nacimos para ello, ahora ser humilde es ser débil.



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